La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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REY RICARDO: ¡Así fracase en mi peligrosa lucha contra mis enemigos en armas como deseo reparar mis faltas y arrepentirme! ¡Que yo mismo a mí mismo me confunda! ¡Que el Cielo y la suerte me nieguen horas felices! ¡Que el día no me otorgue su luz ni la noche su descanso! ¡Opónganse todos los propios planetas a mis designios si, con el más puro amor, la devoción más inmaculada, los más santos pensamientos, no dirijo mis votos a tu bella y noble hija! ¡En ella reside mi felicidad y la tuya! ¡Sin ella, veo caer sobre mí, sobre ti, sobre ella misma, sobre la patria y sobre muchas almas cristianas, la muerte, la desolación, la ruina y el caos! ¡Todo esto sólo se puede evitar con su amor! ¡Todo esto no se evitará sino con su amor! Por tanto, querida madre (pues ya os debo llamar querida madre), sed ante ella el abogado de mi amor. Ponderadle lo que seré, no lo que he sido; no mis méritos presentes, sino los que sabré conquistar. Insistid en la necesidad y la razón de Estado, y no os opongáis en modo alguno a tan grandes proyectos.

REINA ISABEL: ¿Me dejaría así tentar del demonio?

REY RICARDO: Sí, si el demonio te tienta para el bien.

REINA ISABEL: ¿Me olvidaría yo misma de mí misma?


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