La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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ANA: ¡A tierra, a tierra vuestra honorable carga si el honor puede ser amortajado en un féretro, mientras prodigo un instante mis fúnebres lamentos por la caída prematura del virtuoso Lancaster! ¡Pobre imagen helada de un santo rey! ¡Pálidas cenizas de la casa de Lancaster! ¡Restos sin sangre de esta sangre real! ¡Séame permitido evocar tu espectro, para que escuche los gemidos de la pobre Ana, esposa de Eduardo, de tu hijo asesinado, muerto a puñaladas por la misma mano que te ha inferido estas heridas! ¡Mira! ¡En esas ventanas, por donde se escapó tu existencia, vierte el bálsamo sin esperanzas de mis tristes ojos! ¡Oh! ¡Maldita sea la mano que te hizo estas aberturas! ¡Maldito el corazón que tuvo corazón para realizarlo! ¡Maldita la sangre que aquí dejó esta sangre! ¡Caigan sobre el odioso miserable que con tu muerte causa nuestra miseria más horrendas desgracias que pueda yo desear a las serpientes, arañas, sapos y todos los reptiles venenosos que se arrastran por el mundo! ¡Que si tuviese un hijo, sea abortivo, monstruoso y dado a luz antes de tiempo, cuyo aspecto contranatural y horrible espante las esperanzas de su madre, y sea esa la herencia de su poder malhechor! ¡Que si tuviera esposa, sea más desgraciada por su muerte que lo soy yo por la de mi joven señor y la tuya!… Venid ahora a Chertsey[15] con vuestra sagrada carga, tomada en San Pablo, para ser inhumada allí, y a medida que os fatiguéis del peso, descansad, en tanto sigo llorando sobre el cuerpo del rey Enrique. (Los conductores levantan el cadáver y prosiguen su marcha).


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