La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III REY RICARDO: ¡Dadme otro caballo!… ¡Vendadme las heridas!… ¡Jesús, tened piedad de mÃ!… ¡Calla! No era más que un sueño. ¡Oh cobarde conciencia, cómo me afliges!… ¡La luz despide resplandores azulencos!… ¡Es la hora de la medianoche mortal! ¡Un sudor frÃo empapa mis temblorosas carnes! ¡Cómo! ¿Tengo miedo de mà mismo?… Aquà no hay nadie… Ricardo ama a Ricardo… Eso es; yo soy yo… ¿Hay aquà algún asesino? No… ¡SÃ!… ¡Yo!… ¡Huyamos, pues!… ¡Cómo! ¿De mà mismo? ¡Valiente razón!… ¿Por qué?… ¡De miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mà mismo sobre mà mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por el escaso bien que me hecho a mà mismo? ¡Oh! ¡No! ¡Ay de mÃ!… ¡Más bien debÃa odiarme por las infames acciones que he cometido! ¡Soy un miserable! Pero miento; eso no es verdad… ¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te adules! ¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia particular, y cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el perjurio en más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato, hasta el más feroz extremo! Todos los crÃmenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando todos: ¡Culpable! ¡Culpable!… ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de mÃ!… Y ¿por qué habÃa de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mÃ! ¡Me ha parecido que los espÃritus de todos los que he asesinado entraban en mi tienda y cada uno amenazaba en la cabeza de Ricardo la venganza de mañana!