La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III REY RICARDO: (Leyendo.)) Juanillo Norfolk: no seas tan audaz, pues Ricardete, tu amo, está traicionado y vendido. ¡Invenciones del adversario!… ¡Vamos, señores, cada cual a su puesto! ¡Que no turben nuestro ánimo sueños pueriles, pues la conciencia es una palabra para uso de cobardes, inventada en principio para sujetar a los fuertes! ¡El Ãmpetu de nuestros brazos sea nuestra conciencia; nuestras espadas, la ley! ¡Adelante! ¡Lancémonos bravamente unidos en la mezcla! ¡Si no al Cielo, de la mano todos al infierno!…(A los soldados). ¿Qué os diré más de lo que os he dicho? ¡Recordad a quiénes vais a hacer frente! ¡Un racimo de vagabundos, bribones y desterrados, la hez de Bretaña, y el bajo paisanaje inmundo, vómito de su contagiado paÃs, que espera desembarazarse de ellos en aventuras desesperadas de segura destrucción! ¡DormÃais tranquilos y quieren privaros del descanso! ¡PoseÃais tierras y vivÃais felices con bellas esposas! ¡Quieren arrebataros las unas y deshonrar a las otras! Y ¿quién es el que los conduce sino un mozo despreciable, nutrido largo tiempo en Bretaña, a costa de nuestra madre? ¡Una sopa de leche, que en su vida ha juzgado del frÃo más que al sentir bajo sus zapatos la nieve! ¡Echemos a latigazos a esos bandidos más allá del mar! ¡Barramos a esos presuntuosos harapos venidos de Francia, a esos hambrientos mendigos desahuciados de la vida, que, sin el sueño insensato de tan loca empresa, ellos mismos, por falta de medios, se hubieran ahorcado y muerto como simples ratas! ¡Si hemos de ser vencidos, que sea por hombres, y no por esos bastardos bretones, a quienes nuestros padres batieron, zurraron y humillaron en su propio paÃs; y, como es hecho notorio, les hicieron los herederos de la vergüenza! ¿Y habÃan de apoderarse de nuestras tierras? ¿Acostarse con nuestras mujeres? ¿Raptar a nuestras hijas?… ¡Escuchad!… ¡Oigo sus tambores!… (Escúchanse tambores a lo lejos.) ¡Al combate, hidalgos de Inglaterra! ¡Al combate, bravos milicianos! ¡Tirad, arqueros! ¡Apuntad vuestras flechas a la cabeza! ¡Hundid la espuela en los flancos de vuestros caballos y galopad entre la sangre! ¡Que retumbe de espanto la bóveda celeste con los destellos de vuestras lanzas!