La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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RICHMOND: ¡Que sean sepultados sus cuerpos como conviene a su alcurnia! ¡Que se proclame el perdón para los soldados fugitivos que quieran sometérsenos! Y en seguida, conforme a nuestro juramento sagrado, uniremos la rosa blanca y la encarnada… ¡Sonría el Cielo, tanto tiempo enojado por sus odios, a esta hermosa unión! ¿Quién sería tan traidor que, al oírme, no dijese amén?… ¡Inglaterra ha estado mucho tiempo demente y se ha desgarrado a sí misma! El hermano derramaba ciegamente la sangre del hermano. El padre, en su furia, asesinaba a su propio hijo. El hijo, obligado, se convertía en verdugo de su padre. Y todo, por los divididos York y Lancaster, divididos en su fiera división. ¡Oh! ¡Ahora que Richmond e Isabel, los legítimos sucesores de ambas casas reales, se unan para siempre por la bella providencia de Dios! Y que sus herederos (¡Dios, si esta es tu voluntad!), den a las generaciones futuras el rico presente de la paz de dulce mirada, con riente abundancia y plácidos días prósperos. ¡Enmohece, Altísimo Señor, el hierro de los traidores que quieran traernos otra vez esos sangrientos días y hacer llorar a la pobre Inglaterra raudales de sangre! ¡Que no vivan para gozar de la prosperidad de este suelo los que por traición tratasen de turbar la paz de este hermoso país! ¡En fin: las heridas de la guerra civil están cerradas; la paz reina de nuevo! ¡Que dure mucho tiempo pedimos a Dios! ¡Amén!


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