La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III CATESBY: Estos dos prÃncipes os tienen en alta estima. (Aparte). Pues estiman que tu cabeza estará bien alta sobre el Puente[64].
HASTINGS: Lo sé, y bien merecido lo tengo.
Entra STANLEY.
¡Llegaos, llegaos! ¿Dónde está vuestra jabalina, hombre? ¿Teméis al jabalà y vais tan indefenso?
STANLEY: ¡Buenos dÃas, milord, y buenos dÃas, Catesby!… Podéis reÃros; pero ¡por la Santa Cruz!, no me gustan esos consejos separados, no.
HASTINGS: Milord, estimo tanto como vos la vida, y protesto que nunca en mis dÃas me fue tan preciosa como ahora. ¿Pensáis que, de no estar yo cierto de nuestra seguridad, tendrÃa este aspecto triunfante?
STANLEY: Los lores de Pomfret, cuando salieron a caballo de Londres, estaban alegres, creÃanse seguros, y, verdaderamente, no tenÃan motivos de desconfianza. Y, sin embargo, ved qué pronto se ha nublado su dÃa. Este súbito golpe de rencor me inquieta. ¡Dios quiera, digo, que todo esto no sea sino vagos temores! Qué ¿nos encaminamos hacia la Torre? El dÃa avanza.
HASTINGS: Vamos, vamos; tengo algo que deciros… ¿No lo adivináis, milord? Hoy han sido decapitados los lores de que hablabais.
STANLEY: Por su lealtad, eran más dignos de llevar sus cabezas que algunos de los que les han acusado sus dignidades. Pero vamos, milord, partamos.