Las alegres comadres de Windsor

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EVANS.—Pauca verba, sir Juan; buenas palabras.

FALSTAFF.—¡Buenas palabras!, ¡buenas coles! Slender, os rompí la cabeza: ¿qué tenéis contra mí?

SLENDER.—Cierto, señor; tengo algo contra vos en la cabeza y contra vuestros ladrones de conejos, Bardolfo, Nym y Pistol. Me llevaron a la taberna, me emborracharon y en seguida me robaron el bolsillo.

BARDOLFO.—¿A ti, queso de Banbury?

SLENDER.—Bien, eso no importa.

PISTOL.—¿Con ésas nos sales, Mefistófeles?

SLENDER.—Bien, eso no importa.

NYM.—¡Tajarlo!, digo, ¡pauca, pauca, tajarlo! Eso me pide el gusto.

SLENDER.—¿Dónde está Simple, mi criado? ¿Lo sabéis, primo?

EVANS.—¡Paz, os ruego! Procuremos entendernos. A lo que se me alcanza, hay tres árbitros en este asunto, a saber: el señor Page, fidelicet, señor Page; yo mismo, fidelicet, yo; y por fin y remate el tercero es mi posadero de la Liga.

PAGE.—Nosotros tres para entender del asunto y arreglarlo entre ellos.

EVANS.—Muy bien. Tomaré nota en mi libro memorándum, y después nos ocuparemos de la causa con toda la discreción que nos sea posible.

FALSTAFF.—¡Pistol!

PISTOL.—Soy todo orejas.


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