Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor SLENDER.—Haré como diga mi primo Pocofondo. Perdonadme, pues él es juez de paz en su condado, aunque yo no sea aquà sino un cualquiera.
EVANS.—Pero no se trata de eso. Se trata de lo concerniente a vuestro matrimonio.
POCOFONDO.—SÃ; este es el punto vital de la cuestión.
EVANS.—Por cierto que lo es. Es el punto vital de la señorita Ana Page.
SLENDER.—Pues siendo asÃ, me casaré con ella si se me pide en debida forma.
EVANS.—Pero ¿podéis amar a la mujer? Debemos exigir que lo digáis con vuestros labios; porque muchos filósofos pretenden que los labios son una parte de la boca; por tanto, ¿podéis, sà o no, inclinar vuestra buena voluntad hacia la doncella?
POCOFONDO.—Primo Abraham Slender, ¿podéis amarla?
SLENDER.—Asà lo espero. Haré lo que cumple a uno que quiere obrar en razón.
EVANS.—No, por Dios y sus santos y sus esposas; debéis decir positivamente si podéis inclinar hacia ella vuestros deseos.
POCOFONDO.—Tenéis que hacerlo. ¿Queréis, siendo buena la dote, casaros con ella?
SLENDER.—Haré aún mucho más que eso, por cualquiera razón, primo, si lo queréis.