Las alegres comadres de Windsor

Las alegres comadres de Windsor

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FALSTAFF.—Por vida mía, señora Ford, sois muy bien venida. Con vuestro permiso, buena señora. (La besa.)

PAGE.—Esposa mía, da la bien venida a estos caballeros. Venid, tenemos un buen pastel caliente de cacería para la comida. Vamos, señores, que ahogaremos en el vino todo resentimiento.

Salen todos menos Pocofondo, Slender y Evans

SLENDER.—Daría cuarenta chelines por tener aquí mi libro de canciones y sonetos. (Entra Simple.) ¡Cómo! Simple, ¿dónde habéis estado? Tendré que ser mi propio sirviente, ¿no es así? ¿Ni tenéis tampoco a la mano el libro de los enigmas, por supuesto?

SIMPLE.—¡El libro de los enigmas! ¿Pues no lo prestasteis a Alicia Pocapasta en la fiesta última de Todos Santos, quince días antes del San Miguel?

POCOFONDO.—Venid, primo, venid. Os estamos aguardando. Una palabra al oído, primo. Hay, como quien dice, una oferta, una especie de oferta muy a lo lejos, hecha por sir Hugh. ¿Entendéis?

SLENDER.—Sí, y me encontraréis razonable. Si ha de ser así, haré lo que esté puesto en razón.

POCOFONDO.—Pero entendedme bien.

SLENDER.—Lo hago, señor.

EVANS.—Prestad oído a sus consejos, señorito Slender. Ya os describiré el asunto si tenéis capacidad para ello.


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