Las alegres comadres de Windsor

Las alegres comadres de Windsor

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FORD.—¡Oh! Comprended mi intento. Está esa mujer tan encastillada en la excelencia de su honor, que no me atrevo a presentarle la locura de mi alma. Es como una luz que no puedo mirar de frente porque me deslumbra. Ahora bien: si pudiera acercarme a ella con alguna prueba de su verdadera fragilidad en la mano, mis exigencias y pretensiones, tendrían un fundamento para hacerse valer: ella quedaría desalojada entonces de ese atrincheramiento de su pureza, su reputación, su juramento de fidelidad al esposo, y de las otras mil defensas que ahora la hacen inexpugnable para mí. ¿Qué pensáis de este plan?

FALSTAFF.—Amigo Brook, principiaré por tratar sin ceremonia vuestro dinero; dadme vuestra mano en seguida; y, por último, tan cierto como que soy un caballero, podréis, si queréis, gozar de la esposa de Ford.

FORD.—¡Oh mi buen amigo!

FALSTAFF.—Señor Brook, os digo que será así.

FORD.—No os faltará dinero; no; lo tendréis de sobra.


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