Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor FALSTAFF.—Ni vos necesitaréis una señora Ford, pues la tendréis. Yo estaré con ella (podéis estar seguro de lo que os digo), entre las diez y las once, por cita que ella misma me ha dado. Precisamente cuando llegabais, acababa de salir su asistente, emisaria o corre-ve-y-dile. Digo que estaré con ella entre las diez y las once, pues a esa hora se hallará ausente el bellaco del marido. Venid por la noche y sabréis el progreso que habré alcanzado.
FORD.—¡Ah!, ¡vuestra amistad es una bendición para mÃ! ¿Conocéis, por ventura, a Ford?
FALSTAFF.—¡Que el diablo cargue con ese pobre bellaco cornudo! No le conozco, pero le hago injusticia al llamarle pobre; pues dicen que ese celoso cornudo tiene montones de oro, y por esto mismo me parece su mujer muy apetecible. Me serviré de ella como de llave para abrir el cofre del cornudo bribón, y allà tendré mi cosecha.
FORD.—Me alegrarÃa de que conocieseis a Ford a fin de que le evitéis si le encontráis.