Las alegres comadres de Windsor

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FALSTAFF.—¡Dejadme ver! ¡Dejadme ver! Probaré entrar. Sí. ¡Entraré, entraré!

Sra. PAGE.—¡Qué! ¡Señor Juan Falstaff! ¿En esto han venido a parar las cartas que me habéis escrito, caballero?

FALSTAFF.—Es a ti a quien amo; a nadie sino a ti, Ayúdame a escapar. Déjame meterme aquí dentro. Jamás en mi vida…

Se mete en el canasto y lo cubren con ropa sucia

Sra. PAGE.—Ayuda a tapar a tu amo, muchacho. Señora Ford, llamad a vuestros criados. ¡Desleal caballero!

Sra. FORD.—¡Hola! ¡Juan! ¡Roberto! ¡Juan! (Sale Robin. Vuelven a entrar los criados.) ¡Ea! Levantad ese canasto de ropas. ¡Pronto! ¿Dónde está la vara en que se cuelga para llevarlo? ¡Vamos! No hay que andar bamboleándose. Llevadlo a la lavandera en la ciénaga de Datchet. ¡Listos, listos!

Entran Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans

FORD.—Acercaos, os lo suplico. Si mis sospechas carecen de fundamento, pues bien, burlaos de mí, hacedme vuestro hazmerreír. Lo tendré bien merecido. ¡Hola! ¿A dónde lleváis eso?

Criado.—A donde la lavandera, por cierto.

Sra. FORD.—¡Pues está bien! ¿Qué tenéis que meteros con que lleven eso acá o allá? Solo falta que os encarguéis del lavado y de apuntar la ropa.


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