Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Sra. PAGE.—Plegue a Dios que no sea asà el que tengáis aquà a tal hombre; pero es indudable que vuestro esposo viene con la mitad de Windsor tras de él, para buscarle aquÃ. Me he adelantado a ellos por daros aviso. Si os encontráis inocente, me alegro en el alma; pero si ocultáis aquà algún amigo, hacedle salir al instante, al instante. No os atolondréis; apelad a toda vuestra lucidez, defended vuestra reputación o despedÃos para siempre de la buena vida que habÃais disfrutado.
Sra. FORD.—¡Ay Dios mÃo! ¿Qué haré? Allà está un caballero, amiga querida; y no es tanto mi vergüenza lo que tomo como el peligro que él corre. DarÃa mil libras por verle sano y salvo fuera de la casa.
Sra. PAGE.—¡Qué disparate! Este no es tiempo de «darÃa esto» ni «darÃa aquello». Vuestro marido llegará dentro de pocos instantes. Pensad en algún medio de transportar a vuestro amigo. Ocultarlo en la casa es imposible. ¡Oh! ¡Cómo me habéis engañado! Mirad. Aquà hay un canasto. Si él no es de una estatura desmedida, podrá agazaparse aquÃ. Lo cubriréis con ropas sucias como para enviar al lavado; o si aún hay tiempo, enviadlo con vuestros criados a los lavaderos de la ciénaga de Datchet.
Sra. FORD.—Es demasiado corpulento para caber ahÃ.
Vuelve a entrar Falstaff