Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Vamos, ordéname que haga algo por ti.
BEATRIZ.— ¡Matad a Claudio!
BENEDICTO.— ¡Ah! ¡Ni por el mundo entero!
BEATRIZ.— Me matáis con negármelo. Adiós.
BENEDICTO.— Deteneos, querida Beatriz.
BEATRIZ.— Me he ido, aunque esté aquÃ. No hay amor en vos, no; por favor, dejadme.
BENEDICTO.— ¡Beatriz!...
BEATRIZ.— A fe, que quiero irme.
BENEDICTO.— Quedemos antes amigos.
BEATRIZ.— Tenéis menos miedo de ser mi amigo que de combatir con mi enemigo.
BENEDICTO.— ¿Es Claudio tu enemigo?
BEATRIZ.— ¿No está probado que es el más vil de los miserables por haber calumniado, despreciado y deshonrado a mi prima? ¡Oh, si yo fuera hombre! ¡Cómo! Engañarla hasta el punto de darse las manos ante el altar, y acto seguido, con acusación pública, con desembozada calumnia, con rencor despiadado... ¡Dios mÃo! ¡Si yo fuera hombre! ¡Me comerÃa su corazón en medio de la plaza!
BENEDICTO.— ¡Óyeme, Beatriz!...
BEATRIZ.— ¡Que habló en su ventana con un hombre! ¡Lindo cuento!
BENEDICTO.— Pero ¡Beatriz!...