Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— Es oficio de hombre, pero no para vos.
BENEDICTO.— Nada quiero en este mundo sino a vos. ¿No es cosa extraña?
BEATRIZ.— Tan extraña para mÃ, como cosa que ignoro. Con la misma facilidad podrÃa decir yo que nada quiero tanto como a vos. Pero no me creáis. Y, sin embargo, no miento. Nada confieso ni niego nada. Estoy desolada por mi prima.
BENEDICTO.— Por mi espada, Beatriz, que me amas.
BEATRIZ.— No juréis por vuestra espada, y tragadla.
BENEDICTO.— Quiero jurar por ella que me amáis, y hacérsela tragar a quien diga que no os amo.
BEATRIZ.— ¿No queréis tragar vuestra palabra?
BENEDICTO.— No, cualquiera que fuese la salsa con que pudiera condimentarse. Protesto que te amo.
BEATRIZ.— Pues entonces, ¡Dios me perdone!...
BENEDICTO.— ¿Qué ofensa, amada Beatriz?
BEATRIZ.— Me habéis interrumpido a punto. Iba a protestar a mi vez que os amo.
BENEDICTO.— Hazlo con todo tu corazón.
BEATRIZ.— Os amo tan de corazón, que no me queda parte alguna para protestar.