Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Signior Leonato, atended el consejo del monje. Y aunque sabéis la gran intimidad y afecto que me unen al prÃncipe y a Claudio, juro no obstante, por mi honor, que he de obrar en todo con tanto sigilo y lealtad como vuestra alma obrarÃa con vuestro cuerpo.
LEONATO.— En el dolor en que estoy sumergido, el menor hilo puede guiarme.
FRAILE.— Hacéis bien en consentir. A la tarea inmediatamente. A extraños males, extraños remedios. Vamos, señora, morid para vivir. Tal vez este dÃa nupcial no ha sido sino aplazado. Paciencia y resignación. (Salen el FRAILE, HERO y LEONATO.)
BENEDICTO.— Señora Beatriz, ¿habéis llorado todo este tiempo?
BEATRIZ.— SÃ, y lloraré más tiempo aún.
BENEDICTO.— No lo quisiera.
BEATRIZ.— No tenéis razón. Lloro generosamente.
BENEDICTO.— Tengo la convicción de que vuestra bella prima ha sido calumniada.
BEATRIZ.— ¡Ah! ¡Cuán acreedor se harÃa a mi gratitud el hombre que la rehabilitase!
BENEDICTO.— ¿Hay algún medio de daros esa prueba de amistad?
BEATRIZ.— El medio existe, pero no el amigo.
BENEDICTO.— ¿Puede servir un hombre?