Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces LEONATO.— Llamadla, hermano; he aquà al fraile ya.
Sale ANTONIO.
DON PEDRO.— Buenos dÃas, Benedicto. Pero ¿qué os pasa que tenéis esa cara de febrero, llena de hielo, tormenta y nubarrones?
CLAUDIO.— Supongo que piensa en lo del toro bravo. ¡Vamos! No tengas miedo, hombre; te doraremos las astas, y toda Europa se regocijará contigo, como antaño Europa con el ardiente Jove cuando representó el papel de noble bestia enamorada.
BENEDICTO.— Júpiter toro, señor, tuvo un mugido amable. Y algún toro extraño ha debido de saltar la vaca de vuestro padre, y de la noble empresa resultó, sin duda, un ternero que se os parece, pues tenéis justamente su berrido.
CLAUDIO.— Os adeudo esto. He aquà otra cuenta que arreglar. (Vuelve a entrar ANTONIO con las damas enmascaradas.) ¿Cuál es la dama con que he de hacer pareja?
ANTONIO.— Hela aquÃ, y yo os la entrego.
CLAUDIO.— ¡Cómo! Entonces me pertenece. Dejadme ver vuestro rostro, hermosa.
LEONATO.— No, no lo veréis hasta que hayáis aceptado de su mano ante este fraile y jurado casaros con ella.