Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Para salvarme o para perderme, una de las dos cosas. Signior Leonato, la verdad es ésta, buen signior: vuestra sobrina me mira con ojos favorables.
LEONATO.— Los que le ha prestado mi hija; ésta es la pura verdad.
BENEDICTO.— Y yo la recompenso con ojos de amor.
LEONATO.— Ojos que, según colijo, debéis a mÃ, a Claudio y al prÃncipe. Mas, ¿qué deseáis?
BENEDICTO.— Vuestra respuesta, señor, es enigmática. Pero en cuanto a mi deseo es que vuestro buen deseo esté conforme con nuestros deseos, para unirme hoy a ella en estado de honroso matrimonio.
LEONATO.— Mi corazón está con vuestro parecer.
FRAILE.— Y mi ayuda. Aquà llegan el prÃncipe y Claudio.
Entran DON PEDRO y CLAUDIO con acompañamiento.
DON PEDRO.— Buenos dÃas a esta noble reunión.
LEONATO.— Buenos dÃas, prÃncipe; buenos dÃas, Claudio. Os esperábamos. ¿Estáis por fin dispuesto a casaros hoy con la hija de mi hermano?
CLAUDIO.— Me atengo a mi promesa, aunque fuera la dama una etÃope.