Mucho ruido y pocas nueces

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BEATRIZ.— Estoy segura de que le conocéis demasiado.

BENEDICTO.— No, creedme.

BEATRIZ.— ¿Nunca os ha hecho reír?

BENEDICTO.— Os ruego que me digáis quién es.

BEATRIZ.— Pues bien, es el juglar del príncipe: un bufón insípido; su sola cualidad estriba en inventar calumnias inconcebibles; nadie sino los libertinos se deleitan con él; y lo que le recomienda ante éstos no es su gracejo sino su grosería, pues divierte a los hombres a la par que los enoja y acaban por reírse de él y golpearle. Estoy segura de que se hallará en esta flota. ¡Quisiera que me abordara!

BENEDICTO.— Cuando conozca a ese caballero le referiré lo que me habéis dicho.

BEATRIZ.— Hacedlo, hacedlo. Aventurará una o dos pullas a mi costa; y si por acaso se da cuenta de que no las advierten o no provocan risa, se pondrá melancólico; y entonces habrá un ala más de perdiz, pues el mentecato no cenará aquella noche. (Música dentro.) Sigamos a los que nos preceden.

BENEDICTO.— En lo que fuera lícito.

BEATRIZ.— No, si me condujeran a algo malo, les dejaría en la primera vuelta.

Baile. Después salen todos, menos DON JUAN, BORACHIO y CLAUDIO.


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