Mucho ruido y pocas nueces

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MARGARITA.— Y que lo aparte de mis ojos cuando termine el baile. Responded, sacristán.

BALTASARNIO.— Ni una palabra. Ya tiene su respuesta el sacristán. (Se retiran.)

ÚRSULA.— Os conozco demasiado: sois el signior Antonio.

ANTONIO.— En una palabra, no lo soy.

ÚRSULA.— Os conozco en el modo de mover la cabeza.

ANTONIO.— Para seros franco, le remedo en eso.

ÚRSULA.— No podríais remedarle tan bien, si no fuerais él mismo. He aquí de arriba abajo su mano enjuta: sois el mismo, sois el mismo.

ANTONIO.— En una palabra, digo que no lo soy.

ÚRSULA.— Vamos, vamos, ¿pensáis que no os conozco por la excelencia de vuestro ingenio? ¿Puede el mérito disimularse? Vamos, burlón, sois él. La gracia se delata siempre, y aquí termino.

BEATRIZ.— ¿No puedo saber quién os ha contado eso?

BENEDICTO.— No, perdonadme.

BEATRIZ.— ¿Ni queréis decirme quién sois?

BENEDICTO.— No, por ahora.

BEATRIZ.— ¿Conque soy desdeñosa y extraigo mis mejores agudezas de los Cien cuentos alegres? ¡Bah! Eso os lo ha contado el signior Benedicto.

BENEDICTO.— ¿Quién es ése?


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