Mucho ruido y pocas nueces

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CLAUDIO.— He contestado así al nombre de Benedicto, mas he oído esas malas nuevas con los oídos de Claudio. Es cierto; el príncipe la corteja para sí. La amistad es en todo consecuente, salvo en el oficio y negocios del amor. Por lo tanto, es preciso que en el amor los corazones no se valgan de intérpretes, y que los ojos traten por su cuenta, sin fiarse de mediador alguno, pues la hermosura es una hechicera con cuyos encantos la lealtad se trueca en pasión. Es un hecho que se comprueba a todas horas, y yo no he sabido recelar. ¡Adiós, pues, Hero!

Vuelve a entrar BENEDICTO.

BENEDICTO.— ¿El conde Claudio?

CLAUDIO.— Sí, el mismo.

BENEDICTO.— Vamos, ¿queréis seguirme?

CLAUDIO.— ¿Adónde?

BENEDICTO.— Hasta el sauce más próximo, para tratar de vuestro asunto, conde. ¿A qué moda queréis llevar la guirnalda? ¿Ceñida al cuello, como cadena de usurero, o al brazo, como banda de teniente? De uno u otro modo habéis de llevarla, pues el príncipe ha conquistado vuestra Hero.

CLAUDIO.— Que sea feliz con ella.

BENEDICTO.— ¡Cómo! Eso es hablar como un buen ganadero; así se cierra un trato de bueyes. Pero ¿hubiereis supuesto al príncipe capaz de jugaros semejante partida?


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