Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces CLAUDIO.— Os lo ruego, dejadme.
BENEDICTO.— ¡Eh! Ahora procedéis como el ciego. Fue el lazarillo quien os robó la comida, y dais de palos al poste.
CLAUDIO.— Si no puede ser de otro modo, os dejaré yo. (Sale.)
BENEDICTO.— ¡Ay! ¡Pobre pollo herido! Ahora irá a rastras a tenderse sobre las cárices. Pero ¡que mi señora Beatriz me conozca y no me conozca! ¡El bufón del prÃncipe! ¡Ja! Puede que me dé ese tÃtulo porque soy jovial. SÃ; pero con ello se me infiere un agravio. Yo no tengo esa reputación. Es la perversa y áspera condición de Beatriz, que mide al mundo por su persona, y me crea tan mala fama. Bien; me vengaré como pueda.
Vuelve a entrar DON PEDRO.
DON PEDRO.— Hola, signior. ¿Dónde está el conde? ¿Le habéis visto?
BENEDICTO.— Por mi fe, señor, que he representado el papel de la señora Fama. Le hallé aquà tan melancólico como una casa de guarda en un conejar. Le dije, y creo no haberle mentido, que vuestra gracia habÃa conseguido la buena voluntad de esa damita, y le ofrecà acompañarle hasta un sauce para tejerle una guirnalda como amante desdeñado o para cortarle una vara como hombre digno de azotes.