Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— (Avanzando desde la enramada.) Esto no puede ser una burla. La conferencia se ha mantenido en serio. La verdad del asunto la conocen por Hero. Parecen compadecerse de la dama. Se dirÃa que su pasión ha llegado al colmo. ¡Amarme! Bien. Eso hay que recompensarlo. He oÃdo cómo me censuraban. Dicen que me henchiré de orgullo si me doy cuenta de que me adora. Dicen también que morirá antes de darme una señal de cariño. Nunca pensé en casarme. No debo parecer orgulloso. Felices aquellos que oyen la detracción de sus faltas y las saben enmendar. Dicen que la dama es bella. Nada más cierto; puedo atestiguarlo. Y virtuosa; efectivamente, no lo he de negar. Y discreta; menos en amarme. Por mi fe, que eso no agrega nada a su talento, empero tampoco es una prueba grande de su insensatez, por cuanto yo aspiro a amarla desesperadamente. Quizá sea objeto de pesadas pullas y sarcasmos por haber despotricado tanto tiempo contra el matrimonio. Pero ¿no se altera el apetito? El hombre gusta en su juventud de manjares que no puede soportar en su edad madura. Los chistes, las sentencias, todos esos proyectiles de papel que lanza el cerebro, ¿han de torcer en un hombre la inclinación de su gusto? No; el mundo debe poblarse. Cuando dije que deseaba morir soltero no pensé vivir hasta el dÃa de mi matrimonio. Aquà llega Beatriz. ¡Por la luz bendita que es una hermosa dama! Percibo ciertos sÃntomas de amor en ella.
Entra BEATRIZ.