Mucho ruido y pocas nueces

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MARGARITA.— Por mi fe, es una bata de noche al lado del vuestro: tela de brocado, acuchillada, con pasamano de plata, guarnecida de perlas, con manga al costado y manga perdida; la falda, orlada con brocadillo azulado; pero en cuanto al corte fino, singular, gracioso y elegante, el vuestro es diez veces preferible.

HERO.— ¡Dios me dé alegría para lucirlo! Porque mi corazón está sumamente apesadumbrado.

MARGARITA.— Pronto lo estará más con el peso de un hombre.

HERO.— ¡Vergüenza de ti! ¿No sientes rubor?

MARGARITA.— ¿De qué, señora? ¿De hablar de cosas honradas? ¿El casamiento no es honrado incluso entre pordioseros? ¿No es honrado vuestro prometido aun sin casarse? Pienso que he debido decir: «Con el mayor respeto, un esposo». A no ser que un mal pensamiento interprete torcidamente mis palabras, a nadie he ofendido. ¿Hay algún pecado en «con el peso de un esposo»? Creo que no cuando se trata del esposo legítimo y de la legítima esposa. De otro modo el peso sería liviano y no pesado. Preguntad, si no, a mi señora Beatriz, que aquí llega.

Entra BEATRIZ.

HERO.— Buenos días, prima.

BEATRIZ.— Buenos días, querida Hero.

HERO.— ¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Habláis en un tono sentimental?


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