Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces LEONATO.— Fraile, te equivocas. Ya ves que todo el pudor que le queda consiste en no querer añadir a su condenación el pecado de perjurio. No lo niega. ¿A qué, pues, buscas una excusa para disimular lo que aparece en su propia desnudez?
FRAILE.— Señora, ¿quién es el hombre con el cual se os acusa?
HERO.— Lo sabrán quienes me acusan; yo no lo conozco. Si conociera a hombre alguno viviente más de lo que puede convenir a la castidad de una doncella, ¡que mis pecados no hallen redención! ¡Oh padre mÃo! ¡Probad que un hombre ha conversado conmigo a horas desusadas, o que anoche mantuve cambio de palabras con ser alguno, y repudiadme, odiadme, torturadme hasta la muerte!
FRAILE.— Los prÃncipes sufren alguna extraña equivocación.
BENEDICTO.— Dos de ellos son el honor personificado. Si su buena fe ha sido sorprendida, habrá que achacar el fraude a Juan el bastardo, cuyo ingenio se ocupa en fraguar vilezas.