Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Señora, ¿habéis compartido su lecho la noche última?
BEATRIZ.— No, en verdad, no; pero hasta anoche hemos dormido juntas estos doce meses.
LEONATO.— ¡Confirmado, confirmado! ¡Oh, la verdad es más sólida, aunque ya fue reforzada con barrotes de hierro! ¿Iban a mentir los dos prÃncipes? ¿Iba a mentir Claudio, que la amaba de modo que hablando de su impureza la lavaba con sus lágrimas? ¡Dejadla! ¡Dejadla que muera!
FRAILE.— OÃdme un instante. Si he callado tanto tiempo, y dejado seguir su curso a este accidente, ha sido sólo por observar a la dama. Mil apariciones ruborosas han turbado su rostro; mil sonrojos inocentes han cedido su puesto a blancuras angélicas; y en sus ojos brillaba un fuego como para quemar los errores sostenidos por los prÃncipes contra su real virginidad. Tratadme de loco; no tengáis confianza en mis observaciones, que con el sello de la experiencia confirma el extracto de mi estudio; no concedáis nada a mis años, a mi dignidad, a mi vocación, ni a mi sagrado ministerio, si esta adorable señora no ha sido aquà vÃctima de algún error mordaz.