Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces LEONATO.— ¡Por qué! ¡Cómo! ¿Todo lo que hay sobre la tierra no grita su deshonra? ¿Puede negar aquà el relato que lleva impreso en su sangre? No vivas, Hero; no abras los ojos. ¡Porque si supiera que no querÃas morir de golpe, que tu ánimo tuviera más fuerza que tu infamia, yo mismo, en ayuda de tus remordimientos, atentarÃa contra tu vida! ¿Me apenaba el tener una hija tan sólo? ¿Acusé a la naturaleza por haberse mostrado avara? ¡Oh! ¡Fue demasiado pródiga en darme a ti! ¿Por qué te tuve? ¿Por qué has sido siempre tan grata a mis ojos? ¿Por qué con mano caritativa no recogà mejor del umbral de mi puerta la descendencia de un mendigo, para al verla asà enlodada y sumida en la infamia, haber podido decir: «Nada tiene mÃo; esta vergüenza procede de lomos ignorados»? Pero ¡mi propia hija! ¡Una hija que amaba, que ensalzaba, de la que me enorgullecÃa hasta el extremo de no ser yo mismo, de no estimarme ni pertenecerme sino por ella! ¡Oh! ¡Verla caÃda en una cisterna de tinta, que el ancho mar no tiene gotas para lavar lo bastante su mancha y escasÃsima sal para devolver la frescura a su carne corrompida!
BENEDICTO.— Señor, señor, calmaos. Por mi parte, estoy tan confundido de admiración, que no sé qué decir.
BEATRIZ.— ¡Oh, por mi alma! ¡Han calumniado a mi prima!