Otelo
Otelo que sospecharlo una pizca.
YAGO
¡Vamos, señor!
OTELO
¿Tenía yo noción de su furtivo deleite?
Ni lo veía, ni me dolía, ni lo pensaba.
Vivía feliz y confiado, dormía cada noche;
en sus labios no veía los besos de Casio.
Aquel a quien roban, si no advierte el robo,
mejor que lo ignore, y así nada pierde.
YAGO
Vuestras palabras me apenan.
OTELO
Feliz habría sido pudiendo ignorarlo,
aunque toda la tropa, hasta el último peón,
gozase con su cuerpo. Ahora,
¡adiós para siempre al alma serena!
¡Adiós al sosiego! ¡Adiós a penachos marciales
y a guerras grandiosas que enaltecen la ambición!
¡Adiós! ¡Adiós al relincho del corcel
y a trompetas vibrantes, a tambores
que enardecen y a pífanos que asordan,
a regios estandartes y a todo el esplendor,
gloria, pompa y ceremonia de la guerra!
Y tú, mortífero bronce, cuya ruda garganta
imita el fragor espantoso de Júpiter,
¡adiós! Otelo ya no tiene ocupación.