Otelo
Otelo EMILIA
Nobles señores, permitidme que hable.
He de obedecerle, pero ahora no.
Quizá, Yago, ya nunca vuelva a casa.
OTELO
¡Ah, ah, ah!
Cae sobre la cama.
EMILIA
Eso, échate a rugir,
pues has matado a la más dulce inocente
que jamás alzó mirada.
OTELO
¡Ah, era mala! —
No os conocía, tío. Ahí está vuestra sobrina,
cuyo aliento han ahogado mis manos.
Sé que este acto parece espantoso.
GRACIANO
Pobre Desdémona. Menos mal que tu padre
ya no vive. Tu enlace le dejó malherido
y la pena le cortó el hilo de la vida.
Si te viera, podría cometer una imprudencia,
maldecir a su buen ángel
y por réprobo perderse.
OTELO
Es muy triste. Mas Yago sabe
que ella y Casio mil veces cometieron
el acto indecente. Casio lo admitió,