Otelo
Otelo La instigación vuelve a retratar a Yago, a la par que da cuenta de unos sentimientos colectivos que hoy día no dudaríamos en llamar xenófobos y racistas. Si Yago daba una versión despectiva de Casio, la imagen que se da de Otelo en esta escena es claramente degradante. Ninguno de los personajes le menciona por su nombre: él es «un moro», con todas las connotaciones negativas de tipo religioso, natural y cultural que solía tener el término para los contemporáneos de Shakespeare. Para Rodrigo, Otelo es «el Morros», «un moro lascivo» y, en el mejor de los casos, «un extranjero errátil y sin patria». Para Brabancio, un brujo capaz de corromper a su inocente hija. Para Yago, un diablo, pero, sobre todo, un animal lujurioso: un «carnero negro» que está «montando» a la blanca oveja Desdémona, un «caballo bereber» que puede convertir a Brabancio en abuelo de «jacos y rocines» si este no se apresura a impedirlo. Recordemos que poco antes Yago había comparado al criado servicial con un borrico, y pronto comprobaremos que su visión de la humanidad es indisociable de la zoología.