Otelo
Otelo Para decirlo de otro modo, la victoria del amor en esta primera parte es más bien precaria. El protagonista se ha visto obligado a defender su posición de una forma que a algunos les ha parecido una complaciente dramatización de su persona. Pero el relato de su historia ante el Senado es completamente natural para él, aunque a nosotros pueda parecernos efectista o exótico. Ahora bien, su triunfo no le asegura el terreno que pisa: él no deja de ser un extraño, un outsider, y su defensa ante los senadores no logra ocultar una sensación de inseguridad. La grandilocuencia que Yago le atribuye viene a ser una reacción de autodefensa, ya que en otras circunstancias Otelo no se expresa así. Tal vez no sea ocioso señalar que Shakespeare conocía el libro de Contarini sobre la República de Venecia (De Magistratibus et Republica Venetorum, de l543, traducido al inglés en 1599), según el cual la Serenísima tenía por norma defender sus dominios con soldados mercenarios extranjeros y no poner a la cabeza del ejército a ningún veneciano, sino a un capitán general extranjero. Ser respetado y admirado como tal es una cosa; casarse con una natural del país puede ser otra. Como observa Marienstras, Shakespeare no aclara si el Senado da a Otelo un veredicto favorable como acto de justicia o porque le necesita. Además, el aviso de Brabancio no puede ser más irónico: «Con ella, moro, siempre vigilante: / si a su padre engañó, puede engañarte». A lo que Otelo responderá con un no menos irónico: «¡Mi vida por su fidelidad!».