Otelo

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La presencia de Yago al final de la escena ofrece asimismo un marcado contraste con el triunfo amoroso de Otelo y Desdémona. Su plan ha fracasado, pero él volverá a atacar. Además, su tendencia a degradar se extiende ahora a toda la sociedad. Para él no hay virtud; el amor es lujuria; la nobleza, mera cuestión de superioridad; lo que cuenta es la fría voluntad; todo vínculo es frágil y vano; la bondad de la gente (incluida la de Otelo, que Yago reconoce) está para servirse de ella. Por lo tanto, el matrimonio de Otelo y Desdémona no puede durar y, desde luego, él se encargará de que no dure. El cambio de escena de Venecia a Chipre será una gran ayuda para Yago. En efecto, cuando en I.i Yago y Rodrigo informan a Brabancio del «robo» de su hija, este responde que están en Venecia, no en el campo. Venecia era célebre por su alto grado de civilización, y Shakespeare la convierte en la ciudad por antonomasia: un símbolo de orden, justicia y razón. En cambio, Chipre es una ciudadela situada en los confines de la civilización, y, aunque gobernada por Venecia, está más próxima a los turcos. Y es precisamente Otelo, el «moro salvaje», el converso, quien va a gobernarla y defenderla de los «infieles». Solo que, pasado este peligro, Chipre se torna caótica y los encargados del orden parecen «haberse vuelto turcos».



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