Otelo
Otelo Entran RODRIGO y YAGO.
RODRIGO
¡Calla, no sigas! Me disgusta muchísimo
que tú, Yago, que manejas mi bolsa
como si fuera tuya, no me lo hayas dicho.
YAGO
Voto a Dios, ¡si no me escuchas!
Aborréceme si yo he soñado
nada semejante.
RODRIGO
Me decías que le odiabas.
YAGO
Despréciame si es falso. Tres magnates
de Venecia se descubren ante él
y le piden que me nombre su teniente;
y te juro que menos no merezco,
que yo sé lo que valgo. Mas él, enamorado
de su propia majestad y de su verbo,
los evade con rodeos ampulosos
hinchados de términos marciales
y acaba denegándoles la súplica.
Les dice: «Ya he nombrado a mi oficial».
Y, ¿quién es él?
Pardiez, todo un matemático[1],
un tal Miguel Casio, un florentino,
ya casi condenado a mujercita,
