Poesias
Poesias Urgido por las alas inconstantes
del pérfido deseo, el vil Tarquinio
se evade de sitiar a Ardea y parte
—con ese fuego túrbido escondido
entre cenizas— a Colatia, listo
para abrasar el talle de la casta
Lucrecia, amor que Colatino exalta.
Tal vez llamarla «casta» fue el tizón
que puso el filo a ese voraz anhelo,
pues Colatino, incauto, se empeñó
en alabar el rojo y blanco excelsos
que destacaban en su firmamento;
allí, dos astros, bellos como estrellas,
lo colman, derramando su pureza.
Él mismo había abierto por la noche
el cofre del tesoro de su vida
haciendo gala de su fiel consorte,
regalo celestial de impar valía,
y alborozándose de tanta dicha:
un rey puede casarse con más gloria
mas nunca con tan singular esposa.
Oh júbilo que gozan unos pocos
y que enseguida mengua y ya se acaba,
igual que seca el sol con rayos de oro
la plata del rocío en la mañana:
¡su fecha expira aun antes de empezada!
Un mundo amenazante acecha siempre