Poesias
Poesias En un collado cuyo vientre huero
doblaba el triste canto de otro valle,
detuve el paso para oír el eco
con todos mis sentidos expectantes;
y vi a una moza pálida y variable
partiendo en dos anillos y cuartillas
y ahogando en lluvia y viento sus desdichas.
Un capuchón de paja resguardaba
del sol su rostro, donde el pensamiento
puede pensar que viera alguna traza
de una belleza mustia. Pero el tiempo
no había segado el rastro por entero
de aquella juventud ni el cielo airado,
vidriado esa belleza con los años.
Así como enjugaba los salobres
gotones de su llanto en el pañuelo,
lavando las curiosas inscripciones
bordadas en la seda con esmero,
lanzaba toda clase de lamentos,
de viva voz o en lánguidos gemidos,
al releer con avidez los signos.
A veces, con la precisión de un arma,
apunta el ojo al cielo en batería;
a veces sus pupilas van atadas
al suelo terrenal; a veces fija
al frente la visión y luego mira
a todas partes y a ningún lugar,