Poesias

Poesias

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Con una mano el gorro le desprende;

la otra, suave, el rostro le acaricia:

más suave aún, el rostro es nieve nueva,

tan blanda que hasta un roce deja huella.

¡Qué guerra se desata ahora en sus ojos!

Los de ella pretendientes de los suyos,

los de él mirando sin mirar los otros,

tiernos los de ella, mas los de él, tozudos;

la pantomima al fin acaba en drama:

los ojos de ella son un coro en lágrimas.

Lo toma de la mano con ternura,

prisión de nieve para un frágil lirio

o mármol que asa de alabastro ajusta,

pues blancos son amigo y enemigo:

combate bello de convite y finta

de dos palomas níveas que se pican.

De nuevo a maquinar ella se pone:

«¡Oh, ser de impar belleza en esta tierra,

si fueras como yo y yo, siendo un hombre

de intacto corazón, tu herida fuera,

querría, a una mirada, ir a curarte

aun si, por curarte, yo enfermase!».

«Devuélveme mi mano. No la toques.»

«Y tú mi corazón y te la suelto.

No vaya a ser que el tuyo me lo azogue

e ignore, así azogado, los requiebros.

No oiré ya los gemidos del amor


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