Poesias
Poesias con fuego y cede a una ligera impronta?
Los imposibles se obran con audacia;
la estima, con licencias amorosas.
No cede y se acobarda la ternura,
que ante lo adverso insiste y se estimula.
De haber cedido al ver crecer su enojo,
no habría catado el néctar de sus labios.
¿Qué amante cede a muecas y rezongos?
La rosa pincha y no la desechamos.
Si aíslan la belleza veinte llaves,
amor, una tras otra, va y las abre.
No puede, por piedad, ya retenerlo;
el pobrecillo ruega que lo suelte
y así lo hará: le dice adiós y luego
que cuide de su corazón inerme,
pues, por Cupido, jura, si se fuera,
cautivo en sus costillas se lo lleva.
«Doncel, mi noche», dice, «será dura:
dolido, el corazón querrá vigilia.
¿Tal vez, campeón de amor, mañana acudas?
¿Vendrás? ¿Vendrás mañana a nuestra cita?».
Mas él dice que no, que ha prometido
cazar un jabalí con sus amigos.
«¡Un jabalí!» La palidez del susto,
igual que un tul sobre una rosa, borra
su buen color. Pesada como un yugo,
lo aferra con sus brazos, temblorosa,