Poesias
Poesias Rodeó su dulce cuello y, abrazada,
los dos semblaban uno, cara a cara.
Por fin, él, sin aliento, se desprende,
y hurta el coral jugoso que es su boca,
el néctar que los labios de ella beben
con más afán y sed cuanto más toman.
Ella ávida y copiosa, él presionado,
de nuevo ruedan, labio contra labio.
Cayó la presa en garras del deseo
que ya se ceba en él y es insaciable.
Sus labios mandan y los de él, sin peros,
le dan lo que ella exige por rescate,
y su avidez de buitre es tan mezquina
que secará el tesoro que rapiña.
Sabiendo que el trofeo es tierno, empieza
a hacer acopio de él con ciega furia.
Su rostro hierve, su sangre se altera
y un lúbrico valor brutal la impulsa
a ahogar en el olvido la razón,
la honra, la zozobra y el pudor.
Febril y desbravado a abrazos como
un pájaro que al tacto se hace dócil,
cansado de escapar como ágil corzo,
o infante consolado a pulso, Adonis
consiente a su rapaz, y ella se sirve
con creces, mas no tanto cuanto pide.
¿Qué cera, por más fría, no se ablanda