Poesias

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el hálito vital que las enciende,

sé de un mortal criado por su madre

que de esa luz que das puede prestarte».

Y dicho así se acerca hasta unos mirtos;

le extraña no tener, tan de mañana,

indicios de su amor, como el aullido

de los lebreles o el clarín de caza.

De pronto escucha su afanoso canto

y corre a donde piensa que han ladrado.

Y en su carrera va apartando arbustos

que arañan su hombro o besan sus mejillas

o intentan enredársele en los muslos,

mas de su estrecho abrazo se desliga

y, como gama con las ubres pingües,

va en busca del cervato que la alivie.

Los perros ladran desde una encerrona

y esto la espanta más que a quien tropieza

con una víbora que allí se enrosca

y, presa del terror, tirita y tiembla;

el miedo con que aúllan los podencos

le turba el alma y le entorpece el cuerpo.

Ya ve que la partida va detrás

del león audaz, del jabalí, del oso,

pues la jauría, fija en un lugar,

se agita temerosa y ladra a coro;

la bestia es tan brutal que los lebreles

se ceden el honor de hacerle frente.


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