Poesias
Poesias a tu cobarde corazón corroen.»
Dicho lo cual, oye una alegre trompa
y la que estaba triste ahora bota.
Ahí va, como el halcón a su captura.
Ni aplasta el césped: vuela más que pisa,
y en su carrera observa con angustia
que el jabalí ha ganado la partida.
Sus ojos, lapidados por la escena,
se velan cual, de día, las estrellas,
o el caracol, de tan sensibles astas
que un golpe las retrae en su armazón
y agazapado allí en la sombra aguarda,
pues si se asoma aún teme lo peor;
así, al ver a su amor ensangrentado,
los ojos se retiran a sus claustros
y allí renuncian a su luz y oficio
pues el cerebro, atribulado, pide
que de la negra noche sean maridos
y, por no herir al corazón, no miren:
recibe el rey, perplejo en su sitial,
gimiendo las noticias que le dan,
y sus sentidos tiemblan en tributo,
igual que el viento, preso en socavones,
pugnando por salir, sacude al mundo,
que siembra su terror entre los hombres.
El caos los sorprende tanto a todos
que salta de su oscura cuenca el ojo