Romances
Romances HELENA Sí, mi buen señor; mi padre fue Gerardo de Narbona, bien famoso en lo que profesaba.
REY Le conocí.
HELENA Entonces, más bien escatimaré mis alabanzas a él; el conocerle es bastante. En su lecho de muerte me dio muchas recetas, pero sobre todo una que me encargó conservar como única predilecta, el resultado más querido de su práctica y de su vieja experiencia, con triples ojos, más seguros y estimados que mis dos ojos. Yo lo he hecho así, y al oír que vuestra majestad está afectado por esa maligna causa en que tiene principal honor el don de mi querido padre, vengo a ofrecerlo, con mi obediencia y con toda la humildad debida.
REY Te damos gracias, doncella, pero no podemos ser tan crédulos sobre la cura, cuando nuestros más sabios doctores nos abandonan, y su colegio congregado ha concluido que el esfuerzo del arte no puede rescatar nunca a la naturaleza de su condición sin remedio. Digo que no hemos de manchar nuestro juicio ni corromper nuestra esperanza, prostituyendo nuestra enfermedad sin cura con empíricos, ni apartarnos, tanto de nuestro prestigio tomando en consideración una ayuda sin sentido, cuando consideramos que la ayuda ya no tiene sentido.
HELENA Entonces mi deber cumplido me pagará mi molestia: no quiero insistir más con vos en mi remedio, rogando humildemente, entre vuestros reales pensamientos, algo modesto que me permita regresar.