Romances
Romances que la creí más casta que la nieve nunca hollada.
¡Oh, diablos todos! Y este Giacomo paliducho,
en una hora o menos, ¿sería a la primera?,
tal vez sin hablar, cual jabalí cebado, gritó «¡Ah!»
y la montó. Ni halló ni esperaba la resistencia
que hubiesen debido oponerle. Ojalá pudiese
dar con la parte de mujer que llevo en mí.
Ella es la que conduce al hombre al vicio.
La mentira es de las hembras.
La zalema es suya. El engaño, suyo.
Suyos, suyos, los pensamientos de lujuria
y de deseo. La venganza es suya.
Ambiciones, lascivias, veleidades, desdenes,
apetitos de la carne, calumnias, inconstancias,
los vicios todos que el hombre puede enumerar,
qué digo, los que el infierno conoce,
suyos son más por entero que en parte,
porque ni en el vicio perseveran,
se cansan de su falta en un minuto
y la abandonan por otra que dura aún menos.
Escribiré contra ellas, malditas, voy a odiarlas,
aunque más sabio sería, así lo creo,
rogar que muy pronto alcancen su deseo.
Ni los demonios darían con mejor castigo.
Sale.