Romeo y Julieta

Romeo y Julieta

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Larga o corta, el día primero de agosto, al caer la tarde, cumplirá catorce años. Susana y ella —Dios tenga en paz— las almas eran de una edad. Dios se ha llevado a Susana; era demasiado buena para mí. Como decía, pues, la tarde del primero de agosto, hacia el oscurecer, cumplirá Julieta catorce años; los cumplirá, no hay duda, lo recuerdo perfectamente. Once años se han pasado desde el temblor de tierra y ella estaba ya despechada. Nunca lo olvidaré de todos los del año es ese día. En el que digo, me había untado el pezón con ajenjo, hallábame sentada al sol contra el muro del palomar; mi señor y vos estabais a la sazón en Mantua: ¡Oh! tengo una memoria fiel!Sí, como os decía, cuando ella gustó el ajenjo en la extremidad del pecho y lo encontró amargo, fue de ver cómo la loquilla se enfurruñó y se malquistó con el seno. A temblar —dijo en el acto el palomar—: Os juro que no hubo necesidad de decirme que huyera. Y hace de esto once años; pues ya podía ella tenerse sola; sí, por la cruz, podía andar deprisa y corretear tambaleándose por todas partes. Tan es así, que la víspera de ese día se rompió la frente. Al notarlo mi marido —¡Dios tenga su alma consigo!— era un jovial compañero; La levantó diciéndole: «Sí, ¿te caes hacia adelante? cuando tengas más conocimiento darás de espalda. ¿No es cierto, Julia?» Y por la Virgen, la bribonzuela cesó de llorar y contestó: «Sí». ¡Ved, pues, cómo una chanza viene a ser verdad! Pongo mi cabeza que nunca lo olvidaría si viviese mil años. «¿No es cierto, Julia?» Le dijo, y la locuela se apaciguó y contestó: «Sí».


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