Romeo y Julieta

Romeo y Julieta

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Esas largas arengas no están ya en moda. No tendremos un Cupido de vendados ojos, llevando un arco a la tártara de pintada varilla que amedrente a las damas cual un espanta-cuervos; ni tampoco, al entrar, aprendidos prólogos, débilmente recitados con auxilio del apuntador. Que formen juicio de nosotros a la medida de su deseo; por nuestra parte, les mediremos algunos compases y tocaremos retirada.

ROMEO

Dadme un hachón; no estoy para hacer piruetas. Pues que me hallo triste, llevaré la antorcha.

MERCUCIO

En verdad, querido Romeo, queremos que bailes.

ROMEO

No bailaré, creedme: vosotros tenéis tan ligero el espíritu como el calzado: yo tengo una alma de plomo que me enclava en la tierra, no puedo moverme.

MERCUCIO

Amante sois; pedid prestadas las alas de Cupido y volad con ellas a extraordinarias regiones.

ROMEO

Sus flechas me han herido muy profundamente para que yo me remonte, con sus alas ligeras, y puesto en tal barra, no puedo trasponer el límite de mi sombría tristeza. Me hundo bajo el agobiante peso del amor.

MERCUCIO


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