Romeo y Julieta

Romeo y Julieta

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Haré más, voy a mezclar su nombre con sortilegios. ¡Romeo! ¡Capricho, locura, pasión, amor! Aparece bajo la forma de un suspiro, recita un verso y me basta. Haz oír un solo. ¡Ay! Pon siquiera en rima, pasión y pichón: dirige a mi comadre Venus una dulce palabra, un apodo a su ciego hijo, a su heredero el tierno Adam Cupido, el que tan bien disparó cuando el rey Cophetua se enamoró de la joven mendiga. No oye, está sin acción, no se mueve. El pobrecillo está muerto y tengo a la fuerza que evocarle. Yo te conjuro por los brillantes ojos de Rosalina, por su frente elevada, por sus purpúreos labios, por su lindo pie, su esbelta pierna, su regazo provocador, por cuanto más éste guarda, que te nos aparezcas en tu forma propia.

BENVOLIO

Si te oye, se enfadará.

MERCUCIO

Lo que digo no puede enfadarle. Enfado le causaría el que se hiciera surgir algún espíritu de extraña naturaleza en el círculo de su adorada y que allí se le mantuviera hasta que ella, por medio de exorcismos, le volviese a la profundidad. Esto sería una ofensa; pero mi invocación es razonable y honrosa: yo sólo conjuro en nombre de su dama o para que él mismo aparezca.

BENVOLIO


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