Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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ELENA.—¡Cuánto más felices pueden ser unos que otros! En toda Atenas se me tiene por tan hermosa como ella. Pero ¿de qué me sirve? Demetrio no piensa así y no quiere saber lo que todos saben. Y así como él se extravía, fascinado por los ojos de Hermia, me ciego yo admirando las cualidades que en él veo. Pero el amor puede transformar en belleza y dignidad cosas bajas y viles, porque no ve con los ojos, sino con la mente, y por eso pinta ciego a Cupido el alado. Ni tiene en su mente el amor señal alguna de discernimiento; como que las alas y la ceguera son signos de imprudente premura. Y por ella se dice que el amor es niño, siendo tan a menudo engañado en la elección. Y como en sus juegos perjuran los muchachos traviesos, así el rapaz amor es perjurado en todas partes; pues antes de ver Demetrio los ojos de Hermia me juró de rodillas que era sólo mío; más apenas sintió el calor de su presencia, deshiciéronse sus juramentos como el grano al sol. Yo le avisaré la fuga de la bella Hermia, y mañana por la noche le acompañaré al bosque para perseguirla; que si por este aviso me queda agradecido, recibiré en ello un alto aprecio, aunque si aspiro a mitigar mi pena, sólo es poder mirarlo a la ida y a la vuelta.

(Sale ELENA).



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