Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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ELENA.—No, pero lo es de vuestra belleza. Ya quisiera yo ser culpable de esa falta.

HERMIA.—Cobrad aliento, que él no volverá a verme. Lisandro y yo vamos a abandonar este lugar. Antes de conocer a Lisandro me parecía Atenas un paraíso; ¿pues qué seducciones hay en mi amor para que haya convertido un cielo en infierno?

LISANDRO.—Elena, os revelamos nuestro intento. Mañana a la noche, cuando Febe contemple su argentada faz en el cristal de las aguas, convirtiendo en perlas líquidas el rocío sobre las hojas del césped, hora propicia aún a la fuga de los amantes, hemos convenido en salir furtivamente de Atenas.

HERMIA.—Y nos encontraremos en el bosque, allí donde vos y yo solíamos, reclinadas sobre lechos de rosas, confiarnos a nuestros amorosos devaneos; y de allí apartaremos la vista de Atenas para buscar nuevos amigos y la sociedad de los extraños. ¡Adiós, mi dulce compañera; rogad por nosotros, y que la buena suerte os entregue a vuestro Demetrio! Sed fiel a la promesa, Lisandro; hasta mañana a medianoche hemos de privar nuestros ojos del alimento de los amantes.

(Sale HERMIA).

LISANDRO.—Puedes estar segura de que lo haré, Hermia mía. Adiós Elena, y que Demetrio os ame tanto como vos a él.

(Sale LISANDRO).


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