Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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HERMIA.—Sed con Dios, bella Elena. ¿Adónde te vais?

ELENA.—¿Bella me llamas? Retirad ese nombre. Demetrio ama vuestra hermosura. ¡Oh hermosura feliz! Vuestros ojos son estrellas, y la música de vuestra voz en más armoniosa que el canto de la alondra a los oídos del pastor cuando verdea el trigo y asoman los capullos del blanco espino. ¿Por qué, si las enfermedades son contagiosas, no hubo de serlo el favor? Entonces tomaría yo el vuestro antes de irme, mi oído adquiriría vuestra voz, mis ojos el encanto de los vuestros, mi lengua la dulce melodía de la vuestra. Si todo el mundo fuera mío…, excepto Demetrio, os daría el mundo todo. ¡Oh! ¡Enseñadme vuestro hechizo y por qué arte dirigís los impulsos del corazón de Demetrio!

HERMIA.—Lo miro con semblante adusto y, sin embargo, me ama.

ELENA.—¡Ah, si vuestro enojo pudiera enseñar a mis sonrisas semejante destreza!

HERMIA.—Lo maldigo y, sin embargo, me ama.

ELENA.—¡Si pudieran mis súplicas obtener semejante afecto!

HERMIA.—Cuanto más lo aborrezco más, más tenazmente me persigue.

ELENA.—¡Cuanto más lo amo más me aborrece!

HERMIA.—Su insensatez no es culpa mía, Elena.


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