Sueño de una noche de verano
Sueño de una noche de verano HERMIA.—Pues si los verdaderos amantes siempre fueron contrariados, ha de ser por decreto del destino. Armémonos, pues, de paciencia en nuestra prueba, ya que ésta no es sino una cruz habitual, tan propia del amor como los pensamientos, las ilusiones, los suspiros, los deseos y las lágrimas, triste séquito de la fantasÃa.
LISANDRO.—Prudente consejo. Escucha, por tanto, Hermia. Tengo una anciana tÃa viuda, y muy opulenta y sin hijos, que me considera como su hijo único. Su casa dista siete leguas de Atenas; y allÃ, gentil Hermia, podremos desposarnos, pues la dura ley de Atenas no puede perseguirnos hasta allÃ. Si me amas, abandona sigilosamente la casa de tu padre mañana por la noche, que yo te aguardaré en el bosque a una legua de la ciudad, en el punto donde te encontré una vez con Elena para observar el rito de la mañana de mayo.
HERMIA.—Buen Lisandro mÃo, te juro por el más firme arco de Cupido, por el candor de las palomas de Venus, por cuanto une las almas y ampara los amores y por aquel fuego que abrasaba a la reina de Cartago[4] al ver la vela fugitiva del falso troyano; por todos los juramentos que los hombres han quebrantado y que ninguna mujer podrÃa enumerar, te juro que me encontraré mañana a tu lado en el mismo sitio que designas.
LISANDRO.—Cumple tu promesa, amor mÃo. Mira, aquà viene Elena.
(Entra ELENA).