Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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TITANIA.—Todo eso es puro invento de los celos. Nunca, desde las noches de la canícula, nos hemos encontrado en colina o llanura, en bosque o en pradera, junto al surtidor esculpido o el arroyo fugaz, o en la arenosa playa del mar, para bailar nuestras danzas en el viento silbador, sin que hayas venido a perturbar nuestra fiesta con tus disputas[10]. Y por eso los vientos, llamándonos en vano con su música, han absorbido, como por venganza, las nieblas contagiosas del mar, y cayendo éstas sobre la tierra han engrandecido de tal modo los más modestos ríos que rebosaron por encima de sus márgenes. Así es que en vano jadeaba el buey bajo su yugo y que el labrador haya prodigado su sudor. El verde maíz se ha podrido antes que el penacho coronase su espiga, el redil permanece vacío en el campo inundado, y los cuervos se ceban en los rebaños muertos. Desierto y lleno de lodo está el sitio de las danzas con tamboriles y castañuelas, y por la falta de tráfico es imposible de discernir las caprichosas masas de verduras en el laberinto rústico. Aquí falta a los mortales su invierno y no hay noche alguna alegrada por un himno o una canción. La luna, que preside a las inundaciones, pálida de cólera por todo esto, inunda los aires y hace que abunden las enfermedades reumáticas; y a favor de esta perturbación vemos alteradas las estaciones. El granizo de cabeza cana cae en el fresco regazo de la encarnada rosa, y una guirnalda de perfumados botones se pone como por burla sobre la barba del viejo invierno y encima de su corona de hielo. La primavera, el verano, el fértil otoño, el sañudo invierno cambian sus acostumbradas libreas y el mundo, atónito con su aumento, no sabe ahora distinguir la una de la otra. Y toda esta serie de males se engendra por nuestra disensión. Nosotros somos sus progenitores y su manantial.


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